El día que aprendí a no negociar conmigo mismo
Hay un punto del año —y diciembre lo conoce bien— en el que tu cabeza se convierte en un negociador profesional. No un negociador brillante. Un negociador cansado. Te habla con voz suave, como si viniera a cuidarte, y te suelta ofertas irresistibles: “Hoy no hace falta.” “Mañana lo haces mejor.” “Solo descansa un poco y luego sigues.” “No es urgente…” “Esto lo puedes dejar para después de fiestas.” Y el problema no es que lo diga. ...