En busca de Bobby Fischer…
Había en la mirada a los ojos del adversario una liturgia mortecina que se diluía, líquida, en el sudor de las manos. Las mismas manos que Don José Antonio Balas —entonces todos eran Don, pero él lo será toda la vida— nos obligaba a estrechar a nuestro oponente antes de empezar la partida, como él la llamaba. Pero no era una partida. Era una llegada. Una batalla a muerte en la que solo una altiva figura, coronada con una cruz en lo alto, debía seguir en pie. ...