Hoy es 8 de diciembre y el día tiene una electricidad distinta en el aire.
Esa mezcla fina entre expectación, nervios y esperanza que aparece cuando sabes que mañana no es un día cualquiera.
Hay reuniones que son simples citas en un calendario.
Y luego están las otras: las que te obligan a mirarte al espejo, a ordenar pensamientos, a respirar más hondo, a recordar por qué empezaste.
Cuando un proyecto es parte de ti —lo hayas construido solo o en equipo, pieza a pieza, noche tras noche— cada encuentro que puede abrir una puerta se siente casi como un examen vital. No por miedo, sino por deseo. Porque hay momentos que huelen a futuro, a salto, a posibilidad.
Hoy he trabajado con esa sensación en el pecho.
Ese latido distinto que no deja en paz, pero que tampoco inquieta del todo.
Un latido que dice:
“Estás a un paso.”
“Prepárate, pero no te escondas.”
“Confía en lo que has hecho.”
La víspera es un territorio extraño: ni presente ni futuro.
Un borde.
Un umbral.
Un sitio donde ocurren pocas cosas por fuera, pero muchas por dentro.
Y en ese pequeño terremoto silencioso encuentro algo hermoso: me recuerda que sigo vivo, que sigo creyendo, que sigo construyendo algo que merece la pena mostrar mañana sin máscaras ni artificios.
Ojalá todos los días previos a un gran encuentro fuesen así: llenos de un nervio bueno, de un vértigo luminoso, de un hilo de esperanza que atraviesa el pecho y te dice que lo que viene… puede cambiarlo todo.
Hoy dormiréo con esa mezcla combustible de ilusión y responsabilidad.
Mañana tocará hablar claro, mirar a los ojos y defender un sueño que ya no es solo mío, sino parte de quienes confían en mí.
La *víspera… siempre tiene su magia.
Escrito por Ángel Monroy García en un día en el que se come las uñas hasta los muñones :)