Hay viajes que no se parecen a nada que hayas vivido antes.

Viajes que comienzan con una idea brillante, casi inocente… y que, sin darte cuenta, te llevan a mares oscuros, islas inesperadas, tormentas no buscadas y aprendizajes que jamás imaginaste.

A veces pienso que mi proyecto —este camino que llevo años impulsando con luz, terquedad y fe— se parece demasiado al viaje de Ulises hacia Ítaca.

No porque yo sea un héroe. Sino porque Ítaca no es un lugar: es una forma de avanzar y llegar.

Ulises tardó diez años en regresar después de Troya.

Diez años de monstruos, tentaciones, pérdidas, dudas, noches interminables, destellos de esperanza, retrocesos, señales, silencios, y un cansancio que a veces podía más que él.
Diez años de no saber si iba a llegar.

Y sin embargo, siguió.

Cuando las fuerzas le abandonan y el viaje pesa más que el propio destino, Ulises cae al suelo, agotado, dudando si podrá levantarse otra vez.

Entonces aparece Atenea, la de la mirada clara, la que no ofrece consuelo sino dirección. La que abriga sin tocarte. Se inclina sobre él con esa firmeza divina que no protege… sino que despierta. Y en ese borde entre rendirse y seguir, le susurra:

“Aguanta, corazón.”

Dos palabras que no prometen gloria, ni descanso, ni un final cercano. Dos palabras que sostienen sin suavizar, que no consuelan… pero levantan.

Ulises se incorpora, no porque tenga fuerzas, sino porque alguien recuerda por él quién es.

En mi propio viaje, también he sentido esa frase.

A veces llega desde fuera, en forma de gesto, de apoyo inesperado, de mensaje que aparece en el momento justo y eterno, y que no olvida jamás.
A veces llega desde dentro, disfrazada de claridad o de terquedad luminosa.
Pero siempre aparece cuando estoy a punto de parar, como si la vida, durante un instante, se volviera Atenea para recordarme que Ítaca aún me espera.

Mi proyecto no es mi Ítaca.
Mi Ítaca es lo que este viaje está haciendo conmigo.

Porque Kavafis tenía razón: lo importante no es llegar, sino quién te conviertes mientras navegas.

Cada obstáculo te afina.
Cada demora te enseña.
Cada avance mínimo es, en realidad, un capítulo más del viaje.
Cada persona que aparece en el camino se convierte en parte de la tripulación que te sostiene cuando las olas suben demasiado.

Quizá Ítaca esté lejos. Quizá tarde. Quizá cambie de forma mil veces.

Pero mientras siga escuchando esa frase de Atenea “Aguanta, corazón” sé que todavía no es el final.
Que sigo navegando.
Que sigo vivo.
Que sigo construyendo algo que merece la pena.
Y que, de una forma u otra, llegaré.

Escrito por Ángel Monroy García, navegante accidental y persistente :)