Eva sonrió. Soberanía. Esa sí era una palabra.
Pasaron días. Pasaron semanas. A veces el número subía porque el corazón no es una máquina. A veces bajaba porque Eva aprendía. Un domingo, la app la felicitó:
ID: 0.
Dependencia inexistente. Estado óptimo alcanzado.
Cero.
Eva se quedó mirando el cero como quien mira una habitación demasiado limpia. Cero era… demasiado. Cero era el silencio absoluto. Cero era no necesitar a nadie, pero también era no dejar que nadie importara. Y Eva no había empezado todo aquello para volverse un desierto. Había empezado para no morirse de sed en manos ajenas.
Sostuvo el móvil con ambas manos, como si fuera frágil. Abrió el menú de NÉBULA. Buscó la opción: Eliminar cuenta.
La app, siempre educada, le preguntó:
“¿Deseas borrar tus datos? Esta acción es irreversible.”
Eva pensó en sus noches despierta. En sus doce visitas al chat sin escribir. En el patio interior. En el banco frente a la librería. En el “¿estás?” y en su respuesta sin temblor. Pensó en todo lo aprendido y sintió una gratitud suave, como una manta.
— Gracias por medir mi fiebre — susurró —. Ya aprendí a no vivir enferma de otros.
Y pulsó.
La pantalla se quedó en negro un segundo, como un párpado cerrándose. Luego el móvil volvió a la normalidad. Sin esfera. Sin número. Sin oráculo.
Eva caminó hasta la ventana. El patio interior seguía allí, con su mundo pequeño, sus cucharas y sus vidas. Respiró. No había notificación. No había promesa. Solo el aire, entrando y saliendo.
Por primera vez en mucho tiempo, no necesitó comprobar nada.
Eva Dirme no dejó de amar.
Solo dejó de pedir permiso para estar en paz.
(FIN del RELATO)
Escrito por Ángel Monroy García, terminando hoy de ser uno y trino.