Eva se preparó café y se quedó mirando la taza. De pronto, entendió algo con una claridad extraña: no era que L. fuera importante. Era que ella, Eva, había entregado el mando a distancia de su estado de ánimo. Y ni siquiera se lo habían pedido.

Ese día comenzó el entrenamiento.

No era un acto para volverse de piedra. Eva no quería dejar de sentir. Quería dejar de depender.

Empezó por lo más pequeño, lo más difícil: retrasar.

Si L. escribía, Eva no respondía en el acto para calmar el temblor. Esperaba tres minutos. Luego cinco. Luego diez. Ni por venganza, ni por estrategia. Por dignidad. Por recordar que el tiempo también era suyo.

Cuando la ansiedad subía, en lugar de abrir el chat, abría una ventana. Miraba el patio interior. Había una señora que regaba plantas con devoción de monja. Había un chico que fumaba con tristeza ceremonial. Había alguien que tocaba una canción en un teclado mal afinado. Eva los observaba como quien mira un mar pequeño: recordaba que el mundo era más grande que una conversación.

NÉBULA bajó el número.

ID: 58.
Mejora: se detecta autocontrol.

A Eva le gustó la palabra: autocontrol. Sonaba a poder.

La semana siguiente, cambió otra cosa: la noche.

El móvil dejó de dormir en la mesilla. Pasó a dormir en la cocina, boca abajo, como un animal que no debe entrar en el dormitorio. La primera noche, Eva se sintió desnuda. Le faltaba una prótesis. Se levantó tres veces a por agua solo para pasar cerca del aparato, como quien pasa cerca de una puerta prohibida.

La cuarta noche, no se levantó.

La séptima, durmió del tirón.

ID: 41.
Se detecta estabilidad.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema: podía convertirse en obsesión. Eva empezó a mirar el número como quien mira un oráculo. Cada mañana, antes de lavarse la cara, consultaba la esfera. Si había bajado, respiraba. Si había subido, se culpaba. La app se estaba convirtiendo en otra persona a la que agradar, otra mirada de la que depender.

Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, le llegó un mensaje de L.:

“¿Estás?”

Antes, ese “¿estás?” era un conjuro. Eva habría contestado en segundos, feliz y en deuda. Ese día, se detuvo en una esquina, con el semáforo rojo y un perro mirándola como si supiera. Eva sintió el impulso: el cuerpo le empujaba a responder para que el mundo volviera a estar bien.

Abrió NÉBULA.

ID: 66.
Se detecta activación afectiva. Se detecta urgencia.

La frase no era cruel. Era exacta. Y por eso dolía.

Eva cerró la app. Metió el móvil en el bolsillo. Cruzó la calle cuando el semáforo se puso verde. Caminó hasta una librería pequeña donde olía a papel y a tiempo lento. Entró. Tocó lomos. Leyó contraportadas. Se quedó allí media hora sin explicar nada a nadie. Luego salió, se sentó en un banco y, por fin, respondió a L.:

“Estoy. ¿Qué necesitas?”

No “aquí estoy para ti”, no “dime”, no “perdón por no contestar”.
Solo: estoy. Como quien confirma su existencia antes que su disponibilidad.

Esa noche, NÉBULA no le mandó consejos. Solo un aviso:

ID: 52.
Se detecta soberanía incipiente.

(CONTINUARÁ y FINALIZARÁ mañana)


Escrito por Ángel Monroy García, hoy también uno y trino.