Eva Dirme instaló la aplicación un martes, porque los martes no tienen épica y por eso son perfectos para empezar a salvarse.

La app se llamaba NÉBULA y prometía lo mismo que prometen todas las cosas que parecen ciencia y suenan a consuelo: orden. En la pantalla, una esfera suave palpitaba como un planeta domesticado. Debajo, una frase mínima, casi educada:

Índice de Dependencia (ID): 67.
Se detecta espera.

Eva soltó una risa breve, esa risa que no es humor sino defensa. Espera. Qué palabra tan limpia para algo tan pegajoso.

No era una app milagrosa. No leía pensamientos. No adivinaba el corazón. Solo medía huellas: cuántas veces desbloqueabas el móvil, cuánto tardabas en contestar, cuántas veces ibas al chat de alguien sin escribir nada, a mirar el “en línea” como quien mira un faro que no promete puerto. Medía también el sueño, los despertares, la música elegida después de un mensaje, el cambio de ruta al volver a casa, el pedido de comida “por si acaso” esa persona decía de pasar.

El algoritmo no tenía poesía, pero el mundo sí, y por eso funcionaba: NÉBULA no inventaba, solo señalaba.

Eva vivía sola. No era autocastigo, sino que se dió espacio. Un piso pequeño con una ventana que daba a un patio interior donde se oían cucharas, tuberías y vidas que no eran la suya. Le gustaba esa sensación: estar cerca de la humanidad sin tener que entrar. Como una biblioteca con gente respirando.

Aun así, aquel martes, su vida estaba tomada por una presencia intermitente. Una letra bastaba para nombrarla: L.

L. escribía como una puerta que se abre y se cierra sin avisar. A veces era un “¿cómo estás?” de madrugada, a veces un audio de treinta segundos que parecía abrazarla, y otras veces nada, un silencio largo como una autopista vacía. Eva se decía que no le importaba. Y luego lo comprobaba: abría el chat. Cerraba. Abría. Cerraba. Como quien toca una herida para asegurarse de que sigue ahí.

La primera noche con NÉBULA, Eva se despertó a las 02:17 sin motivo. Ni ruido, ni sueño malo. Nada. Solo la ausencia con su elegancia de guante. Buscó el móvil sin pensar, lo encontró en la mesilla y lo desbloqueó con un gesto casi automático. La esfera de la app se encendió, cálida, como si la estuviera esperando a ella.

ID: 74.
Se detecta comprobación compulsiva. Se detecta anticipación.

— Qué romántico — murmuró Eva, y se tapó la boca con la sábana para que no se le escapara un sollozo.

Entonces, como si el futuro tuviera sentido del humor, llegó un mensaje. No de L. De la propia app:

Recomendación: 4 minutos de respiración. Mantén el dispositivo lejos de la cama.

Eva dejó el móvil sobre el suelo, al lado de la cama, como quien deja una bebida peligrosa fuera del alcance. Se sentó. Respiró. Cuatro minutos. No fue místico. Fue práctico. El pecho le dolía menos cuando el aire entraba con calma. Cuando terminó, volvió a tumbarse y miró el techo, ese techo que nunca la traicionaba. Le gustó esa idea: confiar en algo que no se va.

A la mañana siguiente, NÉBULA le envió un resumen como si su vida fuera un informe trimestral.

Informe diario:
• Desbloqueos nocturnos: 6
• Visitas al chat de L.: 12
• Tiempo total de espera: 48 min
• ID promedio: 69

Observación: tu paz está externalizada.

Externalizada. Como un servicio. Como si su tranquilidad fuera una suscripción que alguien podía cancelar. (CONTINUARÁ mañana…)


Escrito por Ángel Monroy García, hoy siendo uno y trino :)