Febrero llega siempre con fama de imprevisible.
Le llaman el loco, quizá porque es corto, quizá porque no termina de parecerse a ningún otro mes. No tiene la solemnidad de enero ni las promesas abiertas de la primavera, pero guarda algo propio, una energía distinta, menos evidente.
Es el mes más breve del año, y tal vez por eso va más al grano. No se entretiene. Pasa rápido, casi sin pedir permiso, como recordándonos que el tiempo no siempre avanza al ritmo que creemos controlar.
También es el mes de los carnavales. De las máscaras, de la ironía, del permiso social para ser otro durante un rato. Me gusta esa idea: no como huida, sino como juego. Como una forma ligera de mirar la realidad desde otro ángulo, sin dramatismos.
Este febrero, además, llega cargado de expectativas personales. No grandes fuegos artificiales, no gestos épicos. Esperanzas más silenciosas, más íntimas. De esas que no se anuncian demasiado por si acaso, pero que se cuidan por dentro con atención.
Me gusta pensar febrero como un mes de transición consciente. Un puente corto entre lo que fue y lo que empieza a tomar forma. Un tiempo donde ajustar, observar, respirar y, si hace falta, corregir el rumbo sin ruido.
Así que bienvenido, febrero.
Pasa rápido si quieres, sé un poco caótico si lo necesitas.
Aquí te espero con los ojos abiertos y las manos tranquilas.
PostData.- Este mes cambio la periodicidad de las publicaciones. No voy a tener el tiempo necesario para poder publicar todos los días. Así seré constante, pero no tanto. El trabajo, las responsabilidades y la salud mandan.
Escrito por Ángel Monroy García, con la esperanza puesta en los días pequeños que pueden cambiarlo todo.