Ayer escribía sobre una gesta deportiva.
Hoy me toca escribir sobre otra muy distinta, pero mucho más importante para mí, por razones obvias.
Esta mañana he recibido la nota del examen de cuarto curso de chino de Hugo. Un 10.
Podría quedarme solo en la cifra, pero sería injusto. Porque detrás de ese número hay constancia, curiosidad, disciplina y muchas horas de esfuerzo en soledad.
Todo esto, además, en una semana en la que tenía otros dos exámenes en su instituto, donde cursa la ESO. Con 14 años. Con deberes, con rutinas, con cansancio. Con la vida normal de un chaval de su edad.
Y aun así, ahí está.
No escribo esto para presumir.
Lo escribo porque me emociona.
Porque como padre hay logros que no se celebran con aplausos, sino con una sonrisa tranquila y una sensación profunda de gratitud.
Ayer admiraba la fortaleza de un deportista que compite lesionado.
Hoy admiro la de un hijo que aprende, que se esfuerza y que responde cuando toca.
Son gestas distintas.
Una se ve en televisión.
La otra sucede en silencio, en una mesa de estudio, en un aula, en una hoja de examen.
Y quizá por eso, para mí, esta es la más grande.
No se me ocurre mejor manera de cerrar enero.
Escrito por Ángel Monroy García, orgulloso, agradecido y muy consciente de la suerte que tiene.