Los impuestos son un tema incómodo para las empresas.

No porque no se entiendan, sino porque se sufren en silencio.

Pagar impuestos no es una opción.
Ni debería serlo.
Forman parte del contrato social: sanidad, educación, infraestructuras, servicios que usamos todos.

Hasta ahí, nada que objetar.

El problema aparece cuando la carga fiscal deja de ser proporcional y empieza a sentirse desconectada de la realidad de quien crea actividad.

En una empresa, los impuestos no se pagan con abstracciones.
Se pagan con facturas cobradas —cuando se cobran—.
Con tesorería ajustada.
Con meses buenos y otros directamente malos.

Se pagan antes de saber cómo acabará el ejercicio.
Antes de saber si habrá margen.
Antes, muchas veces, de haber cobrado.

Y ahí surge una sensación difícil de explicar fuera del mundo empresarial: no la de contribuir, sino la de adelantar dinero que aún no existe.

A nadie le molesta pagar cuando las cosas van bien.
Lo que desgasta es pagar igual cuando no van.
Cuando la empresa sostiene empleo, actividad y riesgo mientras el sistema no distingue entre crecer y sobrevivir.

Los impuestos no arruinan empresas por sí solos.
Pero mal diseñados, mal calendarizados o mal ajustados, pueden asfixiar decisiones, frenar contrataciones y convertir la prudencia en parálisis.

Por eso creo que el debate no debería ser “impuestos sí o no”, sino cómo, cuándo, cuánto y a quién.

Porque una empresa no es una cifra.
Es personas.
Es nóminas.
Es compromisos que no se apagan con un botón.

Hablar de impuestos con honestidad no es pedir privilegios. Es pedir inteligencia económica.

Y quizá el día que ese debate se haga escuchando más a quien produce y menos al eslogan, nos irá mejor a todos.


Escrito por Ángel Monroy García, pagando impuestos porque cree en la educación pública de su hijo y en la pensión y sanidad pública de su madre.