Todos los días 28 pasa lo mismo.
En la iglesia de mi barrio, en la esquina de arriba, en mi calle, una multitud de personas viene a rogar, a pedir, a agradecer, a profesar su devoción a un santo.
Hay algo en esa escena que me impone respeto.
No conozco las historias que trae cada uno. No sé qué dolor, qué miedo o qué esperanza les empuja a venir. Pero se nota que no vienen por costumbre vacía. Vienen porque creen. Y creer, cuando uno está roto por dentro, a veces es lo único que queda.
La fe tiene esa fuerza silenciosa: no necesita demostración, no necesita convencer a nadie. Simplemente existe.
Y, sin embargo, también existe el barrio.
Existe la vida normal de una calle.
La gente que trabaja, que descansa, que cuida, que se repone.
Existe la tranquilidad como un bien común,
algo frágil que no se nota hasta que se pierde.
Por eso, mientras observo esa devoción, me nace un pensamiento doble.
Por un lado, respeto profundo. Por el rito, por la constancia, por la necesidad humana de agarrarse a algo cuando la realidad aprieta.
Por otro, una petición sencilla, casi doméstica: que ese fervor no arrase con la calma del lugar donde sucede. Que la fe —si es fe— también sepa convivir. Que el gesto sagrado no olvide lo cotidiano.
Porque hay una forma de creer que suma. Y hay otra que, sin querer, invade.
Y yo, que no juzgo lo que reza nadie, solo pido lo que pedimos todos, creyentes o no: que el barrio siga siendo barrio. Que la calle siga siendo hogar.
La fe, al final, también puede ser eso: aprender a estar en el mundo sin hacer demasiado ruido.
Escrito por Ángel Monroy García, mirando desde la acera cómo conviven el misterio y la vida diaria (con coches invadiendo lo peatonal.