Hay una idea que me ha acompañado toda la vida: crear un puesto de trabajo es una responsabilidad máxima.

No es solo una decisión empresarial.
Es algo mucho más serio.
Porque cuando creas un puesto de trabajo, le estás creando a alguien su medio de vida.

Durante muchos años pensé que esa responsabilidad era lo más parecido a ser padre. Tomar decisiones que afectan a otro. Saber que tu criterio, tus errores o tus aciertos tienen consecuencias directas en la vida de alguien más.

Luego nació mi hijo. Y entendí que no era lo mismo.

Pero tampoco estaba tan lejos.

Estos días, preparando el recibimiento de alumnos en prácticas y gente joven aprendiendo el oficio, vuelvo a sentir ese peso específico de dirigir una empresa. No desde ningún altar, sino desde lo cotidiano: los horarios, el tono, las decisiones pequeñas, la forma en que se habla del trabajo y de las personas.

Dar trabajo no es “dar una oportunidad”.
Es asumir que alguien va a organizar su vida alrededor de eso.
Su alquiler o su hipoteca.
Su comida.
Su tranquilidad —o su angustia—.

Y eso obliga.

Obliga a pensar antes de crecer.
A no prometer lo que no puedes sostener.
A no banalizar una contratación como si fuera un trámite más.

Por eso creo que los alumnos no solo aprenden lo que les enseñas.
Aprenden qué valor le das al trabajo de los demás.
Qué respeto tienes por el tiempo ajeno.
Qué entiendes tú por responsabilidad.

No se trata de ser perfecto.
Se trata de ser consciente.

Porque crear empleo no es un logro personal que se cuelga en la pared.
Es un compromiso silencioso que se renueva cada día.

Y quizá por eso, desde que soy padre, esa idea se me ha hecho aún más clara: cuando das trabajo, no estás gestionando recursos. Estás tocando vidas.

Y eso merece respeto. Mucho respeto. Siempre.


Escrito por Ángel Monroy García, con los pies en la empresa y la cabeza en lo que importa.