Hay momentos en los que no toca hacer más.
Ni apretar.
Ni acelerar.
Ni demostrar nada.
Toca esperar.
Esperar a que llegue el quirófano.
Esperar a que el tiempo médico haga su parte.
Esperar a que el cuerpo, por fin, pueda volver a alinearse con la vida cotidiana.
No es una espera pasiva.
Es una paciencia activa, exigente, a veces poco soportable.
Porque la cabeza quiere soluciones inmediatas y el cuerpo responde con plazos que no se negocian.
Convivo con una día: la paciencia no es resignación.
Es confianza informada.
Es aceptar que hay procesos que no dependen de la voluntad, pero sí dependen del respeto.
El quirófano no es una amenaza.
Es una promesa silenciosa.
Un lugar donde otros saben hacer lo que ahora yo no puedo: devolver claridad, restablecer equilibrio, permitir que todo vuelva a su sitio.
Mientras tanto, la vida se vive en modo cuidado.
Con decisiones más lentas.
Con agendas más ligeras.
Con la humildad de saber que no todo se controla y que eso no te hace débil, te hace humano.
Hay algo profundamente tranquilizador en saber que esto no es un final, sino un entre.
Entre el problema y la solución.
Entre la niebla y la forma.
Entre el ahora y el volver a ver con normalidad.
Así que hoy no corro.
Hoy espero bien.
Con paciencia.
Con confianza.
Con la certeza de que el tiempo, cuando se le respeta, también trabaja a favor.
Escrito por Ángel Monroy García, esperando sin miedo y con los pies en la tierra.