Ayer hablaba sobre el valor de seguir cuando ver ya no es evidente.

Estos días trabajo con una asimetría incómoda: un ojo ve, el otro no. Con uno distingo con claridad; con el otro apenas intuyo formas, sombras, manchas rojas que ocupan casi todo el campo de visión.

Y aun así, la vida no se pone en pausa.

El ordenador sigue teniendo dos columnas.
Los documentos siguen exigiendo precisión.
Las decisiones no admiten desenfoques.

Ahí es donde aparece un tipo de esfuerzo distinto.
No es físico, es mental.

Pensar cuando el mundo no se presenta nítido.
Confiar en la memoria cuando la vista no acompaña.
Aceptar ayuda de un lado mientras el otro falla.

No es rendirse.
Es adaptarse sin hacer ruido.

Aunque siempre he pensado que el valor silencioso consistía en apretar los dientes, ahora creo que es no mentirte. En saber cuándo parar la mirada. Cuándo cerrar un ojo para que el otro pueda sostener el día.

No es prosopoyético, es la puta realidad.

Quizá rendirse sería fingir que no pasa nada. Forzar. Ignorar las señales.

Y quizá el verdadero valor —por supuesto invisible, nunca mejor dicho— sea aceptar que hoy avanzas no porque puedas con todo, sino porque sabes exactamente hasta dónde sí.


Escrito por Ángel Monroy García, con un ojo mirando y el otro enseñando paciencia.