A veces el trabajo no pesa más, pero el cuerpo sí.
En mi caso no es “estar flojo”. Es una enfermedad. No es grave, pero sí es peligrosa, porque toca algo que para todos lo es todo: la visión.
Y cuando la vista se vuelve frágil, el mundo cambia de textura.
No solo lees peor.
También dudas más.
Te cansas antes.
Te vuelves más lento en lo mínimo: una pantalla, una línea, una luz que molesta, un gesto que no enfoca.
La empresa, sin embargo, sigue siendo empresa.
Los asuntos siguen llamando.
Las decisiones siguen esperando.
Y ahí aparece una tensión rara: la de querer cumplir sin pagar un precio demasiado alto por cumplir.
No hay leyenda en esto.
No la quiero.
Lo que hay es prudencia.
Y un tipo de valentía muy callada: la de seguir trabajando sin engañarte, sin forzar el cuerpo como si fuera una herramienta infinita.
Estos días he entendido que trabajar “a medio gas” no consiste en hacer menos por pereza, sino en hacer lo posible con inteligencia, sin convertir la voluntad en un martillo.
He tenido que ajustar cosas pequeñas que, en realidad, son enormes: descansar más la vista, bajar el ritmo (bueno, no), posponer lo que puede esperar, evitar la trampa de “un poco más y ya”.
Porque cuando lo que está en juego es la visión, la prisa deja de ser virtud. Y la exigencia deja de sonar noble.
Así que hoy trabajo distinto: más despacio, más consciente, y con una idea clara al fondo como una luz suave: seguir, sí… pero sin quebrarme.
Escrito por Ángel Monroy García, con la vista cuidándose y el ánimo en pie.