Mi gato no me mira como lo hacen las personas.
No busca respuesta.
No pide explicación.
No espera nada.
Me mira como si yo ya estuviera aquí.
A veces todo parece exigir algo: decisiones, palabras, argumentos, versiones de uno mismo.
En esos días, su mirada no compite con nada.
Simplemente permanece.
No me observa para entenderme, sino para estar conmigo. Y en esa diferencia hay una lección que no se aprende en ningún sitio.
Cuando levanto la vista y lo encuentro mirándome, no hay juicio, no hay prisa, no hay relato. Solo una forma de decir: estás y te veo, estoy y me ves.
A veces pienso que, si he aprendido a quedarme en silencio, si he aprendido a no adelantarme, si he aprendido a no huir de los momentos sin nombre, ha sido gracias a él.
Porque un gato no acompaña como se acompaña a alguien. Acompaña como se acompaña a un lugar.
Y su mirada —quieta, limpia, antigua, imperial— me recuerda algo esencial: que no todo lo valioso necesita ser dicho, para ser verdadero.
Escrito por Ángel Monroy García, bajo una mirada que no pide nada.