Hace unos días ocurrió algo aparentemente sencillo, pero profundamente revelador.

Me senté a la misma mesa con mis dos amigos de siempre.
Más de veinte años de amistad con cada uno.
Dos vidas enteras caminando a mi lado.
Y, sin embargo, nunca se habían conocido entre ellos.

Hasta ahora.

No fue una reunión organizada.
No hubo solemnidad.
Solo el momento justo, el lugar adecuado y la sensación íntima de que ya era hora.

Mientras hablaban, los observaba.
Y entendí algo que no había sabido poner en palabras hasta entonces: cada uno de ellos conoce una versión distinta de mí,
y aun así, ambas encajaban sin chirriar.

No hubo rareza.
No hubo silencios incómodos.
Hubo respeto, escucha y una calma extraña, como si la escena hubiera estado esperando años para suceder.

Me di cuenta de que la vida, con el tiempo, no te regala más amigos: te regala contexto.

Y cuando ese contexto madura, cuando dejas de fragmentarte para sobrevivir, cuando ya no escondes etapas ni explicas cicatrices,
los amigos de siempre pueden sentarse juntos porque tú ya estás entero.

Quizá ese sea uno de los signos más discretos de la madurez:
que tus mundos no choquen,
que tus afectos no compitan,
que tu historia pueda contarse sin versiones paralelas.

Ese día no gané nuevos amigos.
Pero confirmé algo mucho más valioso: que los que siguen ahí lo hacen porque reconocen quién soy hoy, no porque recuerden quién fui.

Y eso, sin duda, también es una forma de hogar.

Soy extraordinariamente afortunado porque tengo dos amigos de verdad y de siempre.


Escrito por Ángel Monroy García, mirando cómo algunas amistades no envejecen, sino al estilo del buen vino…