Estos días estoy trabajando en un negocio que no es mío.
Es de mi hermano.
Un comercio de alimentación.
De los de abrir cada mañana, atender, reponer, cobrar, limpiar y volver a empezar al día siguiente.
Mi hermano ha pasado por un episodio duro de salud, que está superando como el héroe que es.
Y ahí estamos, juntos.
No como emprendedor.
No como fundador.
No como el que opina desde fuera.
Como un empleado más.
Cumpliendo horarios.
Haciendo tareas que no brillan.
Aprendiendo un sector que no elegí, pero que respeto cada vez más.
Dentro de mi propio proceso de sanación interior, esto está siendo una cura de humildad muy seria.
Porque hay algo profundamente honesto en trabajar donde nadie te debe nada, donde no te esperan aplausos y donde el valor no se mide en ideas, sino en presencia.
Aquí no importa lo que hayas sido.
Importa si llegas a tiempo, si haces bien tu parte y si no fallas al que tienes al lado.
No sé cuánto durará esta etapa. Ni falta que hace.
Hay aprendizajes que no vienen envueltos en éxito, sino en silencio, rutina y dignidad.
Y esos, aunque no coticen, dejan marca.
Escrito por Ángel Monroy García, estando donde hace falta.