No fue el colapso lo que más dolió.
Fue el silencio posterior.

Cuando dejó de funcionar todo lo que prometía inmediatez, nadie sabía muy bien cómo decir sigo aquí sin intermediarios.

La última paloma mensajera del mundo no lo sabía tampoco.
Volaba porque siempre se había volado así.
Sin épica.
Sin prisa.
Con una nota mínima atada a la pata, escrita por alguien que no necesitaba convencer a nadie, solo llegar.

Atravesó ciudades que ya no esperaban respuestas y tejados donde antes hubo ruido. Nadie la miró dos veces.

Y, sin embargo, cada metro que avanzaba era una forma de resistencia: demostrar que el mensaje importa más que el canal.

Cuando llegó, no hubo testigos.
El papel cambió de manos.
Alguien leyó.
Alguien entendió.

Eso fue todo.

Y fue suficiente.

Porque mientras exista un trayecto posible entre dos conciencias, el mundo no se ha roto del todo.
Solo está esperando que alguien se atreva a enviar algo verdadero, aunque tarde.


Escrito por Ángel Monroy García, pensando en lo que vuela y ya no vuelve.