Viajé a Praga en 2007 sin saber muy bien por qué.
A veces uno viaja así, llevado más por una intuición que por un plan.

La ciudad me atrapó despacio.
No fue un flechazo inmediato, sino algo más profundo.
Como si Praga no se ofreciera de golpe, como si pidiera ser recorrida con respeto.

Recuerdo las calles empedradas, el frío contenido, la luz gris filtrándose entre fachadas antiguas que parecían guardar secretos.

Y recuerdo un cuadro.

No sabría decir cuándo ocurrió exactamente, pero hubo un momento en el que entendí que uno puede enamorarse también de una imagen. No de su belleza evidente, sino de lo que despierta por dentro.

Ese cuadro no pedía ser entendido.
Pedía ser mirado.
Y, sobre todo, sentido.

Praga y aquel cuadro se quedaron conmigo.
No como recuerdos nítidos, sino como una capa más de lo que soy.

Hay ciudades que se visitan.
Y otras que, sin pedir permiso, se instalan para siempre.

Praga fue una de esas.


Escrito por Ángel Monroy García, recordando que algunos viajes no terminan nunca.