Había en la mirada a los ojos del adversario una liturgia mortecina que se diluía, líquida, en el sudor de las manos.

Las mismas manos que Don José Antonio Balas —entonces todos eran Don, pero él lo será toda la vida— nos obligaba a estrechar a nuestro oponente antes de empezar la partida, como él la llamaba.

Pero no era una partida. Era una llegada. Una batalla a muerte en la que solo una altiva figura, coronada con una cruz en lo alto, debía seguir en pie.

Y, sin embargo, cuando el temblor en el rival hacía presagiar su sufrimiento interno, uno sentía un calor en el corazón que nada bueno hacía presagiar. Porque algo se removía ahí dentro. Algo que no estaba en las reglas.

Aquellas tardes de lluvia y charcos, de ventanales goteados y débiles luces de biblioteca, de expectación y ajedrez, se me colaron en el tuétano para siempre.


Escrito por Ángel Monroy García, cuando ganar aún no estaba reñido con sentir.