Durante mucho tiempo pensé que la coherencia era llegar. Alcanzar un punto. Cerrar un círculo.

Hoy sé que no. Que la coherencia no es una meta. Es un estado.

No aparece de golpe. No se anuncia. No hace ruido.

La coherencia se nota cuando desaparece la fricción interna. Cuando decides sin tener que convencerte. Cuando explicas menos porque ya no dudas tanto.

No significa que todo esté resuelto. Significa algo más humilde: que ya no estás dividido.

Un proyecto coherente no es el que lo tiene todo claro, sino el que no te obliga a traicionarte cada día un poco.

He observado que hay un KPI que no sale en ningún panel: la alineación interna.

Se mide de otra forma:

  • duermes mejor
  • decides más despacio
  • reaccionas menos
  • te reconoces en lo que haces

Cuando hay coherencia, el proyecto deja de tirar de ti. Camináis juntos.

No necesitas justificar cada decisión. No necesitas demostrar constantemente quién eres. No necesitas hacer ruido para sentir que avanzas.

La coherencia no te hace llegar más lejos. Pero hace algo más importante: te permite quedarte entero mientras avanzas.

Al final, conformar un proyecto empresarial coherente con un proyecto de vida no consiste en hacerlo todo bien. Consiste en dejar de vivir en conflicto permanente.

No llegar a ninguna cima concreta. Pero dejar de estar en guerra contigo mismo.

Esta hexalogía no pretende enseñar a emprender. Pretende algo más sencillo y (esoty convencido) más difícil: nombrar una forma de construir sin romperse.

Si algo de todo esto resuena, no es porque sea perfecto.

Es porque es real.

Escrito por Ángel Monroy García, sentándose en la silla de parar las prisas.