Hay un momento, casi imperceptible, en el que el proyecto empieza a hablar más alto que la persona.

No ocurre de golpe. No hay una alarma. Sucede poco a poco.

Primero te presentas por lo que haces. Luego piensas por lo que representas. Y, sin darte cuenta, empiezas a vivir desde el personaje.

El “emprendedor”. El “fundador”. El que siempre puede. El que siempre está pensando en lo siguiente.

Ese personaje tiene ventajas. Da seguridad. Ordena el relato. Facilita las conversaciones rápidas.

Pero tiene un precio silencioso: *te puede llegar a reducir.

Cuando el rol ocupa demasiado espacio, la persona se repliega. Y lo peligroso no es que el proyecto tenga voz. Lo peligroso es que te la quite.

He aprendido que un proyecto sano necesita una identidad clara. Pero una persona necesita algo distinto: no quedar absorbida por esa identidad.

Separar persona y rol no es falta de compromiso. Es higiene vital.

El proyecto puede hablar con mi voz. Pero no debe hablar por mí. No debe decidir cómo descanso. No debe definir mi valor. No debe colonizar cada conversación ni cada pensamiento.

Hay días en los que el rol empuja. Pide coherencia absoluta. Pide disponibilidad total. Pide que seas siempre “el mismo”.

Pero nadie puede vivir sin fisuras. Sin contradicciones. Sin espacios donde no hay marca ni propósito.

Cuando el proyecto se convierte en identidad, cualquier error duele el doble. Cualquier crítica atraviesa. Cualquier duda se vive como una amenaza personal.

Por eso necesito mantener una frontera clara. No rígida. Pero sí consciente.

Ser más que lo que hago. Más que lo que represento. Más que lo que esperan de mí.

Un proyecto fuerte no necesita devorarte. Al contrario: crece mejor cuando no depende de tu desgaste.

La identidad bien cuidada permite algo esencial: cerrar el portátil sin culpa. Estar con otros sin estar “en modo proyecto”. Pensar sin convertir cada idea en estrategia.

No soy mi empresa. Y precisamente por eso, puedo cuidarla mejor.

Escrito por Ángel Monroy García, recordando quién habla cuando el proyecto calla.