Hay una tensión que no se resuelve. Y cuanto antes se acepta, mejor.

Durante mucho tiempo pensé que madurar consistía en elegir. En decantarse. En dejar atrás una de las dos fuerzas en conflicto.

Hoy sé que no. Que hay tensiones que no vienen a romperte, sino a mantenerte despierto mientras te zarandean.

F. Scott Fitzgerald lo formuló de una manera incontestable:

«La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y seguir funcionando.»

En el mundo del emprendimiento, esta frase no es literatura. Forma parte del manual de a bordo.

Porque emprender de verdad implica convivir —a diario— con ideas que se contradicen:

  • querer crecer y querer cuidar
  • ambicionar más y necesitar calma
  • pensar a largo plazo mientras se resuelve el corto
  • construir algo grande sin hacerse pequeño por el camino

La tentación habitual es elegir un lado. Convertirse en una caricatura. O el emprendedor feroz que todo lo sacrifica. O el idealista inmóvil que nunca se expone.

Ambos extremos tranquilizan. Porque eliminan la tensión.

Pero también empobrecen.

La tensión bien llevada no paraliza. Afina.

Te obliga a decidir sin certezas completas. A avanzar sin cerrar del todo las preguntas. A aceptar que no todo encaja… y aun así seguir.

Hay días en los que quiero acelerar. Y otros en los que necesito frenar. Días en los que la ambición empuja fuerte. Y días en los que el cuerpo y la vida piden cuidado.

No he encontrado una fórmula para resolver esa contradicción. Lo que sí he encontrado es algo mejor: un modo de vivirla.

Aceptar la tensión cambia la forma de emprender. Te vuelve menos dogmático. Menos ruidoso. Menos seguro de tus respuestas… y más atento a tus límites.

La serenidad sin ambición se marchita. La ambición sin serenidad arrasa.

Sostener ambas es incómodo. Pero es ahí donde aparece algo parecido a la inteligencia aplicada a la vida.

No se trata de equilibrar perfectamente. Eso es una fantasía. Se trata de no romper el hilo que te mantiene entero.

Seguir funcionando, como decía Fitzgerald. No como máquina. Sino como persona consciente de sus fuerzas opuestas.

Esta arista no promete soluciones. Promete algo más modesto y más valioso: la posibilidad de no traicionarte cuando dudas.

Escrito por Ángel Monroy García, aprendiendo a sostener sin huir.