Anoche, justo antes de dormir, descubrí una funcionalidad llamada “Tu año con ChatGPT”.
No era un resumen. No era un ranking. No era una estadística.
Era una invitación a mirar el año desde otro ángulo. Y sin buscarlo, me encontré mirándome a mí.
Hay años que se escriben solos. Y otros que se programan a base de preguntas.
Este no fue un año de respuestas rápidas. Ni de titulares brillantes. Fue un año largo, obstinado, a ratos durísimo.
Y, sin embargo, seguí.
Mi relación con la inteligencia artificial este año no fue una sucesión de prompts. Fue un diálogo. A veces técnico. A veces creativo. A veces profundamente humano.
Usé la IA como se usan las buenas herramientas: no para que piense por mí, sino para pensar más lejos.
Aquí hubo código… y cicatrices. Startups con alma, no solo con métricas. Decisiones jurídicas tomadas con pulso firme cuando temblaba todo. Textos que no buscaban likes, sino verdad.
Y una constante: no rendirse cuando rendirse habría sido lo más razonable.
Si este año tuviera un título, no sería “productividad”. Ni “éxito”. Ni siquiera “aprendizaje”.
Sería algo más exacto:
El año en que no me apagué.
No porque todo saliera bien. Sino porque, incluso cuando no salió, seguí presente.
Preguntando. Ajustando. Acompañando a quienes quiero. Sosteniendo a mi familia. Y dejando que también me sostuvieran.
Lo curioso es que esto no es un resumen. Es un prólogo.
Porque el futuro no llega. No irrumpe. No se anuncia con fuegos artificiales.
El futuro se compila, línea a línea, pregunta a pregunta, día a día.
Escrito por Ángel Monroy García, agradecido por la compañía en uno de los años más de “labio lamente y febril contra el alambre” de su vida.