Hoy es 31 de diciembre.
Las redes se llenan de resúmenes. Carruseles de sonrisas. Playas imposibles. Cuerpos perfectos. Frases redondas que parecen escritas con filtro Valencia.
Yo no voy a hacer eso.
Este ha sido un año muy duro. No duro de cansancio bonito. Duro de los que te obligan a parar, a callar, a pensar más de lo que te gustaría.
Un año donde aprendí que el ruido no siempre viene de fuera. Que a veces la mayor batalla es mantenerse en pie cuando todo invita a desaparecer un poco.
No voy a listar logros. No voy a disfrazar los golpes de aprendizajes brillantes. No voy a convertir la supervivencia en épica de LinkedIn.
Porque no todo año necesita un resumen. Algunos solo necesitan ser cerrados con honestidad.
Este ha sido un año de aguantar. De elegir no romper. De seguir escribiendo incluso cuando nadie aplaude.
Y, curiosamente, también ha sido el año en el que volví a escribir aquí. Hace justo un mes reinicié este blog. Desde entonces, un post cada día. Sin estrategia. Sin calendario editorial. Solo constancia y verdad.
Para mí, eso ya es una victoria silenciosa.
No espero que 2026 sea fácil. Pero sí que sea más limpio. Más nítido. Más mío.
Que llegue sin fuegos artificiales si hace falta, pero con dirección.
Cerrar el año así —sin maquillaje— también es una forma de avanzar.
Nos leemos al otro lado del calendario.
Escrito por Ángel Monroy García, despidiendo el año sin ruido, pero con la conciencia despierta.