Hay una idea ingenua —y bastante extendida— de lo que significa tener socios. Como si fuera una suma de manos, de capital, de apoyos visibles.

La experiencia enseña otra cosa.

Ser socios no va de hablar mucho.
Va de callar lo mismo.

He aprendido que los silencios dicen más que las firmas.
Quién aparece cuando no hay foco.
Quién pregunta cuando no hay titulares.
Quién se sienta cuando no hay aplausos.

Y también quién no está.

No todo silencio es ausencia. Pero toda ausencia es una forma de decir algo.

Curiosamente, hoy se cumple un mes exacto desde que reinicié este blog, publicando un post diario sin fallar un solo día. No es disciplina por disciplina. Es presencia. Es estar incluso cuando no apetece, cuando no hay respuesta inmediata, cuando escribir no da rédito visible.

Y eso mismo es lo que distingue a un socio de un mero acompañante.

En los proyectos largos, los importantes, los que atraviesan ruido y calma, hay momentos en los que no hace falta discutir nada. Basta observar. Hay decisiones que no se toman en votaciones, sino en gestos mínimos: mirar o no mirar, estar o no estar.

Un socio viable no es quien llega cuando hay oportunidad. Es quien permanece cuando no hay escenario.

Porque construir algo de verdad exige una forma muy concreta de estar: presente incluso cuando no conviene, visible incluso cuando no suma, implicado incluso cuando no hay beneficio inmediato.

Al final, los proyectos no se rompen por los conflictos abiertos (que también). Se erosionan por los silencios que dejan de estar alineados.

Y eso, aunque duela, también es una respuesta.


Escrito por Ángel Monroy García, valorando cada vez más la diferencia entre acompañar y comprometerse.