En el mundo startup hay una palabra que se repite como un mantra: velocidad.
Lanzar antes. Iterar antes. Escalar antes. Llegar antes que otros que, supuestamente, llegan tarde.
Pero hay una verdad incómoda que rara vez se dice en voz alta: > La velocidad no es una virtud en sí misma. Es un multiplicador.
Y como todo multiplicador, amplifica tanto lo bueno como lo malo.
He visto productos nacer rápido y envejecer aún más rápido.
MVPs convertidos en dogma.
Decisiones tomadas por miedo a quedarse atrás.
IA usada como acelerador de algo que todavía no estaba bien pensado.
Cuando corres sin dirección, no ganas tiempo: pierdes aprendizaje.
La tecnología —y la IA en particular— no está para ir más deprisa. Está para reducir fricción, no para tapar dudas.
Si no tienes clara la propuesta, la IA solo multiplica el ruido. Si no tienes claro el problema, escalar solo hace más grande el error.
Hay startups que mueren lentas. Pero muchas más mueren demasiado rápido.
La verdadera ventaja no es llegar antes. Es llegar con algo que se mantenga lo más incólume posible cuando el ruido baja.
Eso requiere pausas.
Requiere decir “todavía no”.
Requiere incomodar a quien solo mira el calendario y no el mapa.
La velocidad es una herramienta magnífica. Pero solo funciona cuando sabes exactamente qué no estás dispuesto a acelerar.
Porque no todo lo que puede ir rápido… debe hacerlo.
Escrito por Ángel Monroy García, recordando clases de Física y el movimiento uniformemente acelerado.