En Navidad pasa algo curioso: el mundo se ilumina por fuera… y por dentro se nos encienden dos cosas muy distintas.
Una es la esperanza.
La otra, su prima elegante y traicionera: la expectativa.
Se parecen tanto que a veces se saludan con el mismo abrigo.
Pero caminan en direcciones opuestas.
La expectativa viene con guion.
Tiene frases marcadas, escenas previstas, y un “debería” escondido detrás de cada gesto:
Deberíamos estar todos.
Debería sentirse más alegría.
Debería ser como antes.
Debería salir bien.
Y cuando la realidad no recita el texto… la expectativa se ofende.
La esperanza, en cambio, no discute con la realidad.
No le exige. No la humilla. No le pasa lista.
La esperanza no dice “tiene que ser”.
La esperanza dice “puede ser”.
Por eso la expectativa aprieta.
Y la esperanza sostiene.
La expectativa es un contrato con el futuro: si pasa esto, entonces estaré bien.
La esperanza es una lámpara en mitad del pasillo: no sé lo que viene, pero sigo viendo.
Hoy, Navidad, es un día perfecto para distinguirlas, porque es el día en que más fácil es confundirlas.
Uno espera un mensaje.
Uno espera un abrazo.
Uno espera una reconciliación.
Uno espera que el silencio no duela.
Y está bien desear.
Pero hay un punto exacto —casi invisible— en el que el deseo se convierte en exigencia… y la ilusión se convierte en deuda.
La expectativa convierte el amor en examen.
La esperanza lo deja en presencia.
La expectativa pregunta: “¿y por qué no ha sido como yo quería?”
La esperanza pregunta: “¿qué puedo cuidar hoy, con lo que sí hay?”
Y eso cambia todo.
Porque lo que sí hay —aunque sea poco— cuando se mira con esperanza, crece.
Una silla vacía no es solo ausencia.
También es memoria.
Un día imperfecto no es un fracaso.
También es vida.
Una conversación sencilla no es “poca cosa”.
A veces es exactamente lo que salva.
La expectativa quiere que la Navidad sea una película.
La esperanza se conforma con que sea una canción.
No una canción perfecta.
Pero es una canción verdadera.
Y quizá ese sea el milagro discreto de hoy: soltar un poco el guion… y escuchar la música.
—
Escrito por Ángel Monroy García, escuchando la música suave de lo que sí está…