La Nochebuena no es una noche cualquiera.
Es una frontera suave entre lo que fue y lo que sigue siendo.

Hay días que pasan como pasan los trenes que no tomamos.
Y luego está esta noche, que siempre vuelve, incluso cuando creemos haber cambiado de estación.

En Nochebuena regresan personas, recuerdos y silencios.
Algunos llaman a la puerta.
Otros entran sin avisar.

Vuelve quien fue importante.
Vuelve quien no supimos despedir del todo.
Vuelve incluso quien ya no está, con esa forma tan suya de sentarse a la mesa sin ocupar silla.

Esta noche tiene algo de tregua.
No exige explicaciones ni planes.
Solo pide presencia.

Para quien emprende —y vive con la cabeza siempre un paso más adelante— la Nochebuena es un recordatorio incómodo y necesario:
no todo se construye mirando al futuro: Hay cosas que solo existen cuando miramos alrededor.

La mesa no mide resultados.
Las conversaciones no escalan.
Los abrazos no cotizan.

Y, sin embargo, todo eso sostiene.

Quizá por eso esta noche pesa tanto y alivia a la vez.
Porque nos recuerda de dónde venimos, incluso cuando no sabemos muy bien a dónde vamos.

Esta Nochebuena no es perfecta.
Nunca lo es.
Pero es real.
Y eso basta.

Que cada uno celebre como pueda.
Con ruido o con silencio.
Con muchos o con pocos.
Con alegría abierta o con nostalgia discreta.

Al final, Nochebuena es eso: una luz encendida que dice “estás aquí”.

Y a veces, eso es todo lo que necesitamos.

Escrito por Ángel Monroy García, mirando de reojo algunas sillas vacías…