Hay gente que vuelve por Navidad como vuelven las canciones antiguas: no para quedarse, sino para recordarte quién eras cuando las escuchabas por primera vez.
Aparecen mensajes que no esperabas.
Nombres que llevaban tiempo en silencio.
Conversaciones que se retoman como si no hubiera pasado el tiempo,
como si los años hubieran sido solo una habitación contigua.
Hablas, ríes, recuerdas. Y durante unos minutos todo parece igual.
Pero no lo es.
Porque la vida —cuando se la deja trabajar— cambia la forma de escuchar. Y tú ya escuchas distinto.
El tiempo no se fue: hizo su trabajo
No es que el tiempo no haya pasado. Es que ya no necesita ser protagonista.
Ya no buscas aprobación.
Ni continuidad forzada.
Ni promesas implícitas escondidas en frases amables.
Te descubres cómodo en una versión de ti más silenciosa, menos ansiosa por encajar, más atenta a lo que siente el cuerpo cuando alguien habla.
Ahí entiendes algo importante: algunas conversaciones vuelven intactas; las personas, no siempre.
Y está bien así.
Volver no siempre significa quedarse
Hay regresos que vienen a cerrar, no a abrir.
Otros vienen a confirmar que el cariño existe,
pero el camino ya no es compartido.
Y algunos —los menos— vienen a encontrarte justo donde estás, sin exigirte retroceder ni justificar el viaje.
La Navidad tiene esa cualidad extraña: pone espejos suaves delante de nosotros. No para juzgarnos, sino para preguntarnos en voz baja:
¿Esto todavía me pertenece?
La calma de no tener que decidir nada
Lo más bonito de estos reencuentros es cuando entiendes que no tienes que decidir nada.
No tienes que reanudar.
No tienes que cerrar con dramatismo.
No tienes que explicar tu evolución.
A veces basta con reconocer, agradecer el cruce… y seguir.
Porque crecer también es aprender a dejar las puertas entreabiertas, sin necesidad de cruzarlas todas.
Un pensamiento para estos días
Si alguien vuelve a tu vida por Navidad, obsérvate más a ti que al otro.
Mira:
- qué sientes,
- qué ya no necesitas,
- qué permanece.
Ahí está la verdadera medida del tiempo.
No en lo que vuelve, sino en quién eres cuando vuelve.
Escrito por Ángel Monroy García con el alma encendida por los reencuentros…