Hoy es el solsticio de invierno.
La noche más larga del año. El punto exacto en el que la oscuridad llega a su máximo… y, sin hacer ruido, empieza a retirarse.
No es poesía. Es geometría. Pero hay verdades que, aunque sean matemáticas, suenan a consuelo.
El invierno no viene a castigarnos
Viene a ordenarnos.
A quitar lo superfluo. A dejar solo lo que aguanta el frío. A recordarnos que no todo florece a la vez, ni cuando uno quiere.
En invierno, la vida se vuelve honesta y austera. Y la honestidad y la austeridad, aunque incomode, cura.
Llegar al fondo también es avanzar
El solsticio tiene algo profundamente humano: cuando ya no queda más noche por atravesar, la luz empieza a volver sola.
No porque la pidamos. No porque la merezcamos. Sino porque los ciclos funcionan incluso cuando nosotros dudamos.
Hay momentos en los que no estamos perdiendo el tiempo. Estamos haciendo raíz.
La luz no irrumpe: insiste
Desde hoy, aunque mañana no se note, los días empiezan a crecer.
Minuto a minuto. Sin aplausos. Sin promesas grandilocuentes.
La luz vuelve como vuelven las cosas importantes: despacio, pero con determinación.
Un pacto sencillo para esta noche
No hace falta inaugurar nada. Basta con sostener.
— sostener el rumbo
— sostener lo que importa
— sostenerse a uno mismo
Porque el solsticio no es un final. Es un giro.
Y en los giros —si uno está atento— se decide el año que viene.
Escrito por Ángel Monroy García arropándose del frío de la noche más larga. Mañana saldrá el sol :)