Hay una razón por la que mucha gente prefiere sonar interesante antes que ser útil: la claridad incomoda.

La claridad te obliga a elegir. Y elegir te expone.

Decir exactamente qué haces, para quién lo haces y cuánto cuesta… es como encender una luz blanca en una habitación donde todos estaban cómodos a media sombra.

En esa luz se ve todo. Incluso lo que te da miedo.

La niebla seduce (y no vende)

La niebla es elegante:

  • “ayudo a empresas a mejorar”,
  • “transformo procesos”,
  • “impulso el crecimiento”,
  • “creo soluciones innovadoras”.

Suena bien. Pero es vapor. Y el vapor no se puede firmar.

El mercado tiene una costumbre incómoda: no paga por sonar. Paga por entender.

La claridad tiene un precio

Ser claro significa asumir tres peajes:

  1. Que no le vas a gustar a todo el mundo.
    Cuando dices “esto es para X”, la gente que no es X se va.
    Y eso no es una pérdida: es limpieza.

  2. Que te van a juzgar.
    Por el precio.
    Por el enfoque.
    Por decir “no” a cosas que no encajan.

  3. Que ya no puedes esconderte.
    La claridad te deja sin coartadas.
    Y eso, aunque da vértigo, también da poder.

Claridad no es dureza: es respeto

Hay una forma de respeto que parece fría, pero es profundamente humana: no hacer perder el tiempo.

Cuando tú eres claro, le estás diciendo a la otra persona: “te valoro lo suficiente como para darte la verdad.”

Y cuando una marca hace eso, ocurre algo precioso: la confianza se acelera.

La fórmula mínima (la que realmente importa)

Si hoy tu proyecto está en ese punto, prueba a responder esto en una sola frase:

Ayudo a [quién] a conseguir [resultado] mediante [mecanismo], por [precio].

No necesitas poesía aquí. Necesitas focalizar. La poesía vendrá después, cuando el rumbo esté fijado.

Un cierre para hoy

La claridad cuesta. Pero la niebla cuesta más: cuesta meses, cuesta energía, cuesta oportunidades.

Y al final, en la vida y en el negocio, casi todo se resume en lo mismo: lo que no se entiende, no se elige.

Yo prefiero pagar el precio de la claridad. Porque ese precio, aunque duela, abre puertas.

Y cuando una puerta se abre, el futuro entra sin pedir permiso.


Escrito por Ángel Monroy García hoy alejado de las luces de la Navidad…