Hay un punto del año —y diciembre lo conoce bien— en el que tu cabeza se convierte en un negociador profesional.

No un negociador brillante. Un negociador cansado.

Te habla con voz suave, como si viniera a cuidarte, y te suelta ofertas irresistibles:

  • “Hoy no hace falta.”
  • “Mañana lo haces mejor.”
  • “Solo descansa un poco y luego sigues.”
  • “No es urgente…”
  • “Esto lo puedes dejar para después de fiestas.”

Y el problema no es que lo diga.

El problema es que suena razonable.

La negociación que más te cuesta ganar

Cuando negociamos con otros, solemos tener límites. Pero cuando negociamos con nosotros… hacemos rebajas sin IVA y sin vergüenza.

Nos vendemos nuestra propia energía. A plazos. Y sin firmar nada.

Yo he aprendido algo este año (a veces por las malas): si cada día renegocias tu compromiso, acabas viviendo en un “ya veremos”. Y “ya veremos” es el cementerio más bonito de los proyectos que iban a cambiarlo todo.

La salida no es motivación: es arquitectura

No me salva la épica. Me salva el sistema.

Cuando estoy cansado no necesito discursos. Necesito reglas simples, casi tontas, pero que funcionen como barandillas:

  1. Primero lo esencial.
    Antes de “mejorar”, antes de “pulir”, antes de “optimizar”: una acción que mueva el mundo real.

  2. Una cosa comercial al día.
    Un mensaje, una llamada, un seguimiento, una propuesta, una reunión.
    Lo demás es taller. Esto es calle.

  3. No decido en caliente.
    Si hoy quiero rendirme, no lo decido hoy.
    Lo decido mañana, con la cabeza fría.
    (Curiosamente, mañana casi nunca quiero rendirme.)

  4. Terminar pequeño cuenta.
    Hay días en los que solo puedes con un paso.
    Perfecto. Un paso es un voto a favor de tu futuro.

El cansancio miente con buenos modales

El cansancio no siempre grita. A veces se viste de “prudencia” y te dice: “Sé inteligente. No te fuerces.”

Y sí, hay que cuidarse. Pero cuidado: hay una diferencia enorme entre cuidarte y abandonarte con cariño.

Cuidarte es descansar para volver. Abandonarte es descansar para no volver.

La disciplina no es dureza: es fidelidad

La disciplina, bien entendida, no es un castigo. Es una forma de decirte: “Voy a ser fiel a lo que quiero, incluso cuando hoy no me apetezca.”

Porque el futuro no se construye en los días inspirados. Se construye en los días normales. Y los días normales se ganan con una decisión humilde:

hoy no negocio conmigo. Hoy cumplo.

Y cuando cumples, aunque sea poco, el mundo cambia de textura. Te vuelves alguien en quien puedes confiar.

Y eso —esa confianza interna— es un capital que no cotiza… pero paga intereses todos los días.


Escrito por un Ángel Monroy García en negociaciones…