Hay un momento extraño —casi íntimo— en el que te das cuenta de que el producto ya está.

No “perfecto”. No “acabado para siempre”. Pero sí lo suficientemente sólido como para sostener una conversación real con el mercado.

Y, sin embargo, justo ahí aparece la trampa: sigues trabajando como si aún estuvieras en modo construcción, como si el mundo te pagara por añadir una coma más.

El mundo no paga por comas. Paga por soluciones.

Del taller a la calle

Construir es un refugio precioso: controlas el ritmo, eliges el orden, te escondes en la lógica. Vender es otra cosa: te obliga a mirar a los ojos, a escuchar lo que duele, a explicar sin jerga, a cobrar sin culpa.

Es como pasar de escribir una canción en casa… a cantarla en un escenario. La canción no cambia. Cambias tú.

El cambio real no es técnico: es emocional

El “producto terminado” suele ser una frase técnica. Pero el paso a “producto vivo” es una decisión emocional:

  • aceptar que el feedback a veces no acaricia,
  • entender que el mercado te corrige sin pedir permiso,
  • soltar el mito de “cuando esté perfecto salgo” (spoiler: nunca lo estará).

La perfección es esa excusa elegante que se viste de prudencia. Y la prudencia, cuando se alarga, se convierte en retraso con buena educación.

Tu energía también está: solo hay que apuntarla

La energía del creador es intensa, infinita… y a veces se dispersa. Porque construir te da dopamina rápida: haces, ves, mejoras. Vender exige una energía más adulta: repetición, seguimiento, incomodidad, insistencia con sonrisa.

Aquí está el giro bonito: la energía que te trajo hasta aquí es la misma que te lleva al mercado, si la orientas.

No necesitas “otra versión de ti”. Necesitas otra dirección.

Un ritual simple para cruzar el puente

Si hoy estás en ese punto, prueba esto durante 7 días:

  1. Cada mañana, antes de tocar el producto, escribe: “¿Qué haría que hoy alguien pagara?”
  2. Elige una sola acción comercial (una) y ejecútala.
  3. Solo después, vuelve al código, al diseño, al detalle.

El producto no se abandona. Se coloca en su sitio. Y su sitio, a partir de ahora, es servir.

Que el producto respire

Un producto vivo no es el que tiene más funciones. Es el que entra en la vida de alguien y la mejora.

Eso no ocurre en local. Ocurre ahí fuera, con clientes reales, con conversaciones imperfectas, con “sí… pero”, con “me interesa”, con “¿cuánto cuesta?”

Tu trabajo ahora es darle aire: hacerlo caminar, hacerlo hablar, hacerlo cobrar.

Porque cuando el producto ya está, lo siguiente no es construir más. Lo siguiente es convertirlo en destino.


Escrito por Ángel Monroy García respirando despacio…