Hoy he escuchado una canción de Rosalía y me ha hecho ese efecto raro y precioso: no te entretiene, te abre.

Hay versos que no son versos; son llaves. Y cuando una llave gira, lo que suena no es la puerta: suena uno mismo.

En 2025 (ahora que vamos acabando el año) he aprendido —a base de golpes y de silencio— que la vida no siempre te pregunta si estás listo. A veces simplemente… llega y zas. Y te obliga a mirar de frente: tus decisiones, tu orgullo, tus miedos, tu fuerza.

No voy a fingir que sea fácil.

He tenido días de esos en los que el aire pesa y el futuro parece una ciudad lejana con niebla. Días en los que te preguntas si lo que estás construyendo merece el precio, o si el precio, en realidad, era la construcción.

Y aun así…

Aun así, hay algo en nosotros que no sabe rendirse.
No por heroísmo (ojalá), sino por naturaleza.
Como el mar: se rompe, sí… pero vuelve.

La canción me dejó una frase flotando en el pecho: “Yo que vengo de las estrellas”.

Y me hizo pensar en esto: que incluso cuando uno se siente hecho polvo, el polvo también tiene destino. El polvo no es final: es tránsito.

Es la materia diciendo: todavía puedo ser otra cosa.

Estos meses me han recordado algo importante: no somos adornos ni ejemplos de nada en concreto.Somos una historia. Y una historia, cuando la intentan zarandear, no se defiende con gritos: se defiende con hechos, con paciencia, con verdad… y con tiempo.

Yo quiero volver —y voy a volver— con algo claro entre las manos: con trabajo bien hecho, con proyectos que respiren, con un futuro que no sea solo una idea bonita, sino una realidad que se pueda tocar.

Y si la vida vuelve a sacar navaja, que saque.
Yo también he aprendido a coser.
A coserme por dentro.
A seguir andando con el corazón lleno de cicatrices que, vistas de cerca, parecen mapas.

Porque la luz no siempre llega rápido… pero llega.

Y cuando llegue, me encontrará despierto.

Escrito por Ángel Monroy García, con un ojo en el futuro, y el otro pirata, pirata ;)