Hay ausencias que no se llenan, pero se heredan.

Hay silencios que no duelen, porque siguen acompañando. Y hay personas que, aun después de marcharse, continúan caminando contigo en cada decisión importante, como un faro discreto al que siempre puedes volver.

Mi padre es una de esas presencias que no se apagan.

A veces lo recuerdo sin buscarlo: su manera de mirar el mundo, su rebeldía, el convencimiento en sus ideales, su claridad rotunda. No era un hombre que necesitara alzar la voz para enseñar; enseñaba viviendo. Enseñaba haciendo. Enseñaba siendo y luchando.

Con los años he comprendido que mis certezas, esas que me sostienen justo cuando parece que todo podría derrumbarse, vienen de él.

De su forma de entender la vida.
De su manera de mantener el rumbo incluso cuando soplaba viento en contra.
De esa mezcla de humildad y coraje que parecía tan sencilla… y que tanto cuesta imitar.

Hoy pienso en él y en la extraña manera que tiene el tiempo de asentarlo todo.

Las prisas pierden peso.
Las heridas cicatrizan.
La memoria selecciona lo esencial.
Y lo que queda es una especie de brújula emocional que me orienta sin necesidad de consultarla.

Mi padre ya no está, pero sigue aquí.

En mis decisiones.
En mi ética de trabajo.
En mi empeño por construir algo que merezca la pena.
En la manera en que intento levantarme cuando la vida me hace caer.

Hay días en los que siento que, si pudiera verme ahora, sonreiría con esa expresión suya que mezclaba burla y fiereza, y me diría algo breve, práctico, luminoso: “Tira, hijo… tú sigue palante.”

Y yo sigo.

Con su voz en mi memoria y su mirada de tigre en mi corazón.

Escrito por Ángel Monroy García, acompañando las huellas que él dejó antes de mí. 😊