Hay personas que sostienen tu vida sin hacer ruido.
Que no necesitan estar en el centro de nada para ser el centro de todo.
En mi caso, esa persona siempre ha sido mi madre.
Podría hablar de mil cosas: de su fuerza, de su capacidad para recomponerse después de cada golpe, de cómo entendió siempre mis silencios (y los suyos), mis dudas, mis caminos torcidos y mis aciertos tardíos.
Pero si tuviera que elegir una sola imagen, una sola idea que resuma lo que ella significa para mí, sería esta frase suya que escuché desde niño:
“La vela que va delante es la que te ilumina.”
Durante años pensé que era solo un dicho bonito.
Con el tiempo, descubrí que es un mapa.
Ella fue —y sigue siendo— esa vela que va delante.
La que ilumina el paso sin imponerlo.
La que alumbra sin pedir aplausos.
La que acompaña sin empujar, sin reclamar, sin esperar nada a cambio.
En los días buenos, su luz hacía el camino más ancho.
En los días malos, su luz evitaba que me cayera en la oscuridad completa.
Y ahora que la vida me ha llevado por tramos más complejos, más solitarios, más llenos de decisiones que pesan, entiendo aún mejor el alcance de sus palabras. Entiendo que no hablaba de ella. Ni de mí. Hablaba del amor como dirección.
Hay velas que iluminan desde delante.
Y hay otras que iluminan desde dentro.
Mi madre ha sido ambas.
Hoy escribo esto para recordarme —y tal vez recordarte— que nadie avanza solo. Que incluso cuando creemos estar ardiendo por nuestra cuenta, hay una llama más antigua que nos abrió camino mucho antes. La vela que va delante… es la que nos permite ser luz después.
Escrito por Ángel Monroy García mirando la lluvia caer tras la ventana :)